Honestamente, me parece que están equivocando el mensaje de “la soberanía” para defender al hijo de AMLO.
Tal vez a nivel nacional consideren que es la bandera correcta. Quizá en las dirigencias, en las oficinas y en el discurso político suene bien hablar de soberanía, de dignidad nacional y de plantarse frente a los Estados Unidos. Pero abajo, con la gente, la realidad es otra.
En esos recorridos por los municipios, por las colonias, por las comunidades, a la gente no le interesa ni un cacahuate defender el berrinche de un vato que ni conocen y al que los gringos le quitaron la visa.
Así de sencillo.
A la gente le interesan asuntos mucho más cercanos, personales y familiares: que haya agua, que no falle la luz, que funcione el alumbrado público, poder caminar por su colonia sin miedo, tener transporte, encontrar empleo y que el dinero alcance para llegar a fin de mes.
Esos son los temas que entran todos los días a las casas.
Por eso, defender a la presidenta de los norteamericanos —o convertir cualquier decisión de Washington contra personajes vinculados a la 4T en una especie de afrenta nacional— pasa a segundo o tercer término cuando las necesidades más elementales se viven en carne propia.
Y aquí hay un problema de comunicación política que Morena debería observar con cuidado: una cosa es el discurso que entusiasma a la militancia y otra muy distinta el que conecta con el ciudadano común.
Puedes repetir cien veces “soberanía nacional”, pero si una familia abre la llave y no sale agua, si espera una hora el transporte, si tiene miedo de que asalten a su hijo cuando regresa de trabajar o si el sueldo simplemente ya no alcanza, difícilmente su preocupación principal será saber por qué Estados Unidos le retiró la visa al hijo de un expresidente.
Ahí es precisamente donde el Movimiento del Sombrero está encontrando terreno fértil para su narrativa.
No necesariamente porque tenga resueltos esos problemas, sino porque ha entendido mejor de qué quiere hablar la gente: de lo que ocurre en su calle, en su colonia, en su negocio y dentro de su casa. De seguridad, servicios públicos, autoridad, economía familiar y problemas cotidianos.
Mientras unos hablan de los gringos, de la soberanía y de defender a la 4T, otros están tratando de apropiarse de una conversación mucho más sencilla y políticamente poderosa:
la vida diaria.
Y en política eso importa muchísimo.
Porque una narrativa puede ser impecable ideológicamente y, al mismo tiempo, resultar completamente ajena electoralmente.
El riesgo para Morena en Michoacán es justamente ese: confundir una causa que moviliza a su estructura con una preocupación que moviliza al ciudadano. No necesariamente son lo mismo.
Y, por cierto, ni el PRI ni el PAN parecen haberlo entendido.
Su reacción ha sido, en buena medida, hacer exactamente lo contrario de lo que deberían: criticar lo que hacen los morenistas, hablar de lo que hablan los morenistas y reaccionar a la agenda que ponen los morenistas.
Es decir, Morena pone el tema y la oposición corre detrás para contestarle.
¡Qué tontos!
Porque mientras todos discuten quién defiende mejor la soberanía, quién se arrodilla ante Estados Unidos, quién protege a quién y quién tiene o no tiene visa, existe un enorme espacio político prácticamente abandonado:
hablar de los problemas reales de la gente.
Y alguien, tarde o temprano, va a ocuparlo.
En Michoacán, el Movimiento del Sombrero parece haber entendido que por ahí puede construirse una narrativa competitiva.
Morena todavía tiene estructura, gobierno, presencia territorial y una marca electoral extraordinariamente poderosa. Pero debería tener cuidado con algo elemental: las elecciones no se ganan solamente defendiendo grandes causas nacionales; también se ganan entendiendo qué preocupa a la señora que espera el camión, al comerciante que teme una extorsión, al joven que busca trabajo y a la familia que lleva días esperando que llegue el agua.
La soberanía puede ser importante.
Pero cuando el tinaco está vacío, la soberanía no lo llena.






