lunes, agosto 10, 2026

Un artesano según el corazón de Ignacio: Carlos Garfias Merlos

spot_img

Isahaí Abraham Vázquez Molina

El 6 de agosto, fiesta de la Transfiguración del Señor, la Iglesia mexicana recibió la noticia del fallecimiento de Carlos Garfias Merlos, arzobispo emérito de Morelia, en su natal Tuxpan, Michoacán. No es casualidad que la muerte de un hombre dedicado a mostrar el rostro luminoso de la fe en medio de la oscuridad de la violencia coincidiera con la fiesta que celebra, precisamente, la luz que se revela en el centro del sufrimiento. Ignacio de Loyola hubiera reconocido en esa coincidencia algo más que azar: la lógica de un Dios que se deja encontrar en todas las cosas, incluso —sobre todo— en las más golpeadas.

Garfias Merlos no fue jesuita, pero su manera de habitar el sacerdocio dialoga de forma entrañable con la espiritualidad ignaciana. Su lema episcopal, “En Cristo nuestra paz”, condensaba una convicción muy cercana a la cura personalis que san Ignacio pedía a sus compañeros: cuidar a la persona concreta, en su circunstancia concreta, antes que administrar doctrinas abstractas. Formado también en psicoterapia y espiritualidad, entendió el ministerio como acompañamiento integral y no como mera gestión litúrgica, algo que recuerda al discernimiento ignaciano: leer el movimiento interior de cada persona para ayudarla a encontrar su propio camino de sentido.

Su itinerario pastoral atravesó algunas de las geografías más lastimadas del país. Fue obispo de Ciudad Altamirano, en la Tierra Caliente que tan bien conocemos quienes vivimos en esta región de Michoacán; después pasó a la diócesis de Nezahualcóyotl, en el oriente del Estado de México; más tarde fue arzobispo de Acapulco, Guerrero; y finalmente regresó a su tierra como arzobispo de Morelia, la arquidiócesis que lo vio nacer a la fe. En cada una de esas sedes, marcadas por el narcotráfico, la migración, la pobreza urbana o la violencia estructural, impulsó centros de escucha y comités de reconciliación, entendiendo —como enseñaba san Ignacio— que la contemplación sin acción encarnada se queda corta, y que la fe auténtica busca siempre “el mayor bien posible” allí donde se encuentra.

Su apuesta más arriesgada, y también la más ignaciana, fue su insistencia en el diálogo incluso con actores del crimen organizado, no como concesión sino como camino de conversión. Le costó críticas y sospechas, dentro y fuera de la Iglesia, pero nunca se retractó de esa convicción. En 2021, además, enfrentó una crisis de salud severa por covid-19 que requirió hospitalización; salió de ella para seguir insistiendo, casi con terquedad evangélica, en que la paz no se decreta desde un escritorio sino que se teje, artesanalmente, con las manos de la comunidad.

Esa misma lógica de misericordia lo llevó a los lugares que la sociedad prefiere no mirar. Impulsó talleres para la construcción de la paz dentro de los Centros de Reinserción Social, convencido de que el perdón y la misericordia de Dios no tienen rejas que los detengan, y de que también quien está privado de la libertad puede convertirse en artesano de la paz. En Nezahualcóyotl, su preocupación pastoral se volcó de manera especial hacia los enfermos, hacia las mujeres violentadas y hacia las personas que vivían con VIH, poblaciones frecuentemente relegadas incluso dentro de los márgenes de la propia Iglesia. Ahí, decía, se comprueba si la fe es verdadera predilección por el más pobre entre los pobres o solo un discurso: en la capacidad de sentarse junto a quien nadie quiere sentarse.

Ahí está, me parece, la clave más ignaciana de su testimonio: la convicción de que la construcción de la paz no es un proyecto de despacho sino un ejercicio cotidiano de discernimiento comunitario, hecho de escucha, paciencia y bondad sencilla. No buscó protagonismo doctrinal ni condenas fáciles; buscó espacios donde las víctimas pudieran ser escuchadas y donde incluso los victimarios encontraran una puerta de conversión. Esa sencillez, lejos de ser ingenuidad, era una forma madura de esperanza: la misma que Ignacio pedía a quienes discernían su vocación, “buscar y hallar la voluntad divina” no en la abstracción sino en la vida concreta de los pueblos.

Michoacán despide a un pastor que caminó Ciudad Altamirano, Nezahualcóyotl, Acapulco y Morelia con el mismo empeño: hacer de la paz un oficio artesanal, no una consigna. En tiempos donde la violencia sigue golpeando a nuestra región de la Tierra Caliente, su ejemplo interpela particularmente a quienes trabajamos en protección civil y comunicación social: la paz también se construye escuchando, acompañando y sosteniendo el tejido comunitario antes de que la crisis lo rompa.

Descanse en paz, Monseñor Carlos Garfias Merlos, artesano de la paz.

Isahaí Abraham Vázquez Molina es Comunicólogo especializado en comunicación social, política, riesgos y desastres.

spot_img
spot_img
spot_img