Hay seres que llegan a la vida sin pedir permiso. Sin agenda, sin curriculum, sin carta de presentación. Llegan nomás, con las patas embarradas y el alma más libre que el viento que baja por la sierra hacia la Tierra Caliente. Manotas es uno de esos seres.
Lo conocí en Zacazonapan, ese pueblo que guarda más historia de la que aparenta entre sus calles y su cerro. Y ahí estaba él: grandulón, descarado, con esa mirada entre pícara y solemne que solo tienen los que saben perfectamente lo que están haciendo, aunque finjan que no.
José Alfredo y María Carla lo adoptaron de cachorro. Lo recibieron en su casa, le dieron nombre, le dieron techo y le dieron algo que vale más que cualquier cosa: cariño de verdad. El tipo de cariño que se prueba no en los días buenos, sino en los días de crisis. Y Manotas ha dado crisis de sobra.
Porque este perro ha desafiado a la muerte no una, sino dos veces. Una vez con un palo atorado en la garganta que estuvo a punto de asfixiarlo. Otra, cuando algún descerebrado —de esos que sobran en cualquier pueblo— intentó envenenarlo. Y en las dos ocasiones, José Alfredo y María Carla estuvieron ahí. Lo salvaron. Porque cuando uno quiere de verdad, no abandona cuando el animal más lo necesita.
Pero vayamos a lo que Manotas es de tiempo completo: un delincuente encantador.
Desde chico fue el terror de Zacazonapan. Ha zarandeado a más de un animal que tuvo el error de cruzarse en su camino. Es cazador nato de ratas —ratitas y ratotas por igual, sin distinción de tamaño—, y lo hace con la eficiencia y la seriedad de quien tiene una misión en la vida. Porque para Manotas, cazar es vocación, no hobby.
Su expediente, hay que decirlo, es largo y variado. Varios atropellamientos encima —de los que ha salido caminando, como si nada— y varias personas mordidas, entre ellas, con todo el respeto del caso, a una autoridad municipal. Porque Manotas no hace distinción de jerarquías: ante él, todos son iguales de susceptibles a un buen susto. Las gallinas del vecindario le deben pesadillas. Los guajolotes también. Y más de un despistado que andaba perdido por las calles de noche ha tenido que correr más de lo que esperaba, sin saber muy bien de dónde salió ese bulto oscuro y ladrante que de pronto lo persiguió sin aviso.
Y sin embargo, este animal endemoniado tiene su lado noble. Cuando sabe que hizo algo mal, se autocastiga. Se va a su rincón, agacha la cabeza, pone esa cara que ningún humano debería poder resistir. Es como si llevara dentro a un juez severísimo que le cobra cuentas antes de que nadie más lo haga. Eso, en muchos bípedos que conozco, sería todo un avance moral.
Me tomó cariño, el Manotas. Y lo digo con orgullo, porque no es fácil ganarse la confianza de un alma libre. A mí me busca cuando está amarrado —porque anda haciendo males— y me da la queja con esos ladridos cortos y urgentes que dicen todo sin decir nada. Soy el que le abre la puerta para que salga a hacer su rondín: a vigilar la calle, a disputarle el territorio a las motos que llegan de visita, a declararle la guerra a los perros vecinos que se atreven a asomarse.
Porque Manotas no conoce la rendición. Ni tampoco conoce la duda.
Es de esas almas que disfrutan la vida de andar del Tingo al Tango: mojarse en los canales cuando le da la gana, protestar contra lo que sea con una energía que muchos activistas quisieran tener, y siempre —siempre— tener la razón. O al menos creer que la tiene, que a veces es lo mismo.
Puede no llegar a dormir a su casa. Puede aparecer al día siguiente todo revolcado, con señales evidentes de que la noche fue intensa y de que en algún lugar hay gallinas alborotadas, guajolotes ofendidos o algún vecino con el sueño interrumpido. Pero Manotas nunca se ha perdido. Siempre vuelve. Porque él sabe perfectamente dónde está su casa, quiénes son los suyos, y a quién le debe el haber sobrevivido para contar el cuento.
Son pocos los animales que se ganan el corazón por su desfachatez de hacer las cosas. Por esa mezcla de terquedad, lealtad a medias, libertad sin complejos y ternura en los momentos menos esperados. Manotas es uno de esos pocos.
Este texto no es una crónica. Es un homenaje.
A Manotas, que vive como muchos quisieran y pocos se atreven: sin pedir permiso, sin guardar rencores, sin olvidar a quien le abre la puerta.
Y a José Alfredo y María Carla, que le enseñaron con el ejemplo que el amor —el de verdad— no se retira cuando llega la dificultad.
Que sigan los rondines, Manotas. Zacazonapan te necesita y te festejamos hoy día mundial del perro.
Isahaí Abraham Vázquez Molina
Es Comunicólogo especializado en comunicación social y colaborador en temas de comunicación digital, riesgos y desastres






