Isahaí Abraham Vázquez Molina
Michoacán ya sabe lo que ocurre cuando una región se piensa como camino. La Ruta de Don Vasco convirtió templos, plazas, artesanías y cocina en un itinerario con identidad. Mientras tanto, la Tierra Caliente michoacana y la guerrerense guardan un patrimonio histórico y espiritual enorme que sigue sin un hilo que lo una. Ese hilo puede ser la Ruta Fray Juan Bautista Moya, también pensable como Ruta Morelos, un recorrido que cruce siglos, fe e independencia.
La razón de fondo es sencilla. Esta región fue tierra de misión y tierra de insurgencia. Agustinos, franciscanos y jesuitas dejaron conventos, templos, escuelas y una forma de entender la comunidad que sigue viva en las fiestas patronales y en la devoción popular. Siglos después, José María Morelos y Pavón caminó estos mismos rumbos. Su estancia como cura en Carácuaro y Nocupétaro lo formó como pastor antes de hacerlo caudillo, y ese vínculo entre sotana y causa libertaria es una de las historias más poderosas de nuestra tierra.
Imaginemos el itinerario: Tacámbaro y Acuitzio, con su herencia agustina y su arquitectura conventual. Villa Madero, con su identidad serrana. Carácuaro y Nocupétaro, el corazón morelense de la ruta, donde además se venera al Cristo Negro de Carácuaro. Huetamo, San Lucas y Churumuco, con sus plazas, sus templos, la devoción a la Virgen de San Lucas y la presencia del río Balsas. Después, el cruce hacia Guerrero por Pungarabato, Cutzamala del Pinzón y Coyuca de Catalán, que muestra que la historia nunca respetó límites estatales.
Una ruta así tendría tres vertientes que se refuerzan entre sí.
Cultural. Plazas, quioscos, portales, música, gastronomía, artesanía y fiestas tradicionales. Es el patrimonio vivo, el que se prueba, se escucha y se compra.
Religiosa. Templos, ex conventos y santuarios, y el legado de agustinos, franciscanos y jesuitas. A esto se suma una fe popular que sigue viva: la devoción a la Virgen de San Lucas y al Cristo Negro de Carácuaro, dos imágenes que cada año reúnen a peregrinos, familias y comunidades enteras. Esta religiosidad no es pieza de museo. Se camina, se canta y se comparte en la mesa. Una ruta que la respete y la integre ofrece algo que pocos destinos pueden dar: la experiencia de una fe vivida, que sostiene a los pueblos y que Morelos conoció desde el púlpito. Esto permite además un turismo de peregrinación y reflexión, con fechas de fiesta, caminatas y encuentros pensados junto con las parroquias y las comunidades.
Sociohistórica. Los lugares y relatos de la Independencia, la vida de Morelos como cura de pueblo y la memoria de quienes construyeron estas comunidades. Aquí la ruta educa además de entretener, y puede convertirse en destino para escuelas y universidades.
La región cuenta, además, con materia prima para un marketing territorial en varios frentes. En lo gastronómico, la carne seca, las carnitas, el pescado de presa y río, los dulces y panes tradicionales, los quesos y el mezcal. En lo cultural, la música, los bailes, las artesanías y las fiestas patronales. En lo deportivo, la pesca, el ciclismo, las caminatas, el turismo de aventura y los deportes acuáticos en el Balsas y sus presas. En lo sociohistórico, la ruta de Morelos y la memoria de la Independencia. En lo religioso, las peregrinaciones y las fiestas de la Virgen de San Lucas y del Cristo Negro de Carácuaro. Cada frente es un producto turístico en sí mismo y, bien articulados, forman una oferta que ningún municipio podría armar solo.
Hay también un argumento económico que no conviene perder. El turismo de ruta deja dinero donde el visitante camina: la fonda, el hospedaje familiar, el artesano, el guía local, el transportista, el productor de queso, de pan o de mezcal. Es una economía que se queda en el municipio y que puede dar a los jóvenes una razón más para arraigarse.
¿Cómo pueden los municipios potenciarla? Primero, con un calendario regional compartido de ferias, fiestas y peregrinaciones, para que el visitante enlace un destino con otro y se quede más días. Segundo, con una marca común y promoción conjunta en redes, medios y ferias de turismo. Tercero, con señalización, rutas seguras, hospedaje y servicios dignos, y guías locales capacitados y certificados. Cuarto, con compras locales en eventos y programas municipales, y facilidades para que artesanos, cocineras y pequeños productores formalicen y vendan sus productos. Quinto, con convenios entre Michoacán y Guerrero, y con la participación de parroquias, universidades, cronistas y cámaras empresariales. Sobre todo, hace falta que los ayuntamientos dejen de competir entre sí y se articulen.
Quien conoce el pensamiento ignaciano reconoce aquí el magis: buscar siempre lo que más dé fruto y más bien haga a la comunidad. Una ruta no se construye solo con letreros y folletos. Se construye cuando los pueblos se reconocen herederos de una historia común y deciden contarla juntos. Se necesitan voluntad política de los municipios, colaboración entre Michoacán y Guerrero, participación de las parroquias, las universidades, los cronistas y los empresarios locales, y la voz de la gente que lleva generaciones cuidando estos templos y plazas.
Quien ha visto llegar a los peregrinos ante el Cristo Negro o ante la Virgen de San Lucas sabe que aquí la fe no necesita escenografía. La ruta solo tiene que acompañarla con respeto, sin convertirla en espectáculo.
Fray Juan Bautista Moya evangelizó caminando. Morelos libró su causa caminando. Hoy nos toca a nosotros trazar el camino para que otros vengan a conocernos. La Tierra Caliente tiene historia, fe, sabor y gente hospitalaria. Solo falta decidirnos a ponerle nombre a la ruta y el primer paso.
Isahaí Abraham Vázquez Molina
Comunicólogo especializado en comunicación social, política, riesgos y desastres







