lunes, octubre 19, 2026

Bachear no es gobernar: seis meses para dejar de tirar el dinero

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Por Isahaí Abraham Vázquez Molina

El bache no es un accidente geológico. Es una decisión de gobierno. Cada hoyo que usted esquiva camino al trabajo tiene detrás una licitación, un contratista, un supervisor que firmó sin mirar y un ayuntamiento que prefirió el corte de listón a la obra bien hecha.

Basta recorrer cualquier cabecera municipal del Estado de México para verlo: calles recién pavimentadas que se deshacen con la primera tormenta, carpeta asfáltica tendida sobre una base sin compactar, obras que se inauguran con aplausos y se reabren con zanjas porque nadie revisó qué había debajo. Primero se pavimenta; después, cuando ya está todo cubierto, alguien recuerda que había que cambiar la tubería. Y se rompe lo que apenas se había pagado.

La factura que nadie presenta

Una pavimentación mal planeada no sólo es un mal gasto: es un impuesto invisible que pagamos todos. Lo pagamos en tráfico lento, porque un cráter convierte cualquier avenida en carrera de obstáculos. Lo pagamos en contaminación, porque un vehículo que frena, zigzaguea y avanza a vuelta de rueda quema más combustible y emite más. Lo pagamos en llantas, suspensiones y horas perdidas. Y lo pagan con sangre quienes menos protección tienen: el motociclista, el ciclista, el adulto mayor que cruza la calle. Un bache en la oscuridad ya no es una molestia; es un riesgo de muerte.

A eso se suma el costo político que los alcaldes se empeñan en ignorar: el descontento social. El ciudadano puede perdonar que no haya dinero. No perdona que haya dinero y no se note, o peor, que se note el desperdicio. La calle rota es el informe de gobierno más honesto que existe.

Seis meses. Ni uno más para el pretexto

Hoy los 125 ayuntamientos del Estado de México tienen cerca de seis meses antes de que llegue el temporal de lluvias. No es una sorpresa: el temporal llega cada año, con la puntualidad de lo inevitable. Nadie podrá decir después que fue “una lluvia atípica”. Lo atípico sería que hubieran hecho bien su trabajo. Hay tiempo para planear, ejecutar y corregir. Lo que falta es voluntad. La ruta es elemental:

1. Diagnóstico real. Inventario de calles y su estado, priorizado por tránsito, transporte, escuelas, centros de salud y zonas de escurrimiento. No por compromiso político ni por la calle del primo.

2. Primero lo de abajo. Drenaje pluvial, agua potable y sanitario antes de la carpeta. Pavimentar sin resolver el agua es enterrar el dinero.

3. Técnica, no ocurrencia. Estudios de suelo, bases compactadas, espesores adecuados y materiales certificados; y evaluar el concreto hidráulico donde el agua castiga más.

4. Quien hace mal, paga. Supervisión independiente, fianzas por vicios ocultos y sanciones reales. Si la obra se deshace, que el contratista la rehaga a su costa.

5. Transparencia sin letra chica. Publicar calle, monto, empresa y garantía. Lo que no se puede mostrar probablemente no debió pagarse.

6. Obra terminada antes de la lluvia. No a medias, no abierta, no convertida en lodazal. Que las primeras tormentas encuentren calles probadas, no experimentos.

Seis meses bien usados valen más que seis años de bacheo reactivo. Y el bacheo reactivo, hay que decirlo, es el negocio perfecto: nunca se acaba, siempre se vuelve a pagar.

Lo que diría Ignacio

Puede parecer que san Ignacio de Loyola no tiene nada que decirle al asfalto. Es al revés: su espiritualidad nació para aterrizar en la realidad concreta, y la calle es parte de ella.

Discernimiento. Ignacio enseñó a no decidir por impulso, vanidad o presión, sino a examinar las mociones, pesar razones y elegir lo que conduce al mayor bien. El alcalde que discierne no se pregunta qué obra luce más, sino cuál sirve a más gente y dura más. Esa es la diferencia entre la obra de relumbrón y la obra de verdad.

El magis. El “más” ignaciano no es más espectáculo; es más calidad y más servicio. Tapar un hoyo para la foto no es el magis. Hacerlo bien, con los recursos que son de todos, sí.

Cura personalis. El cuidado de la persona concreta. Detrás de cada bache hay una madre con carriola, un estudiante en moto, un transportista que pierde el día. Planear la vialidad es, en el fondo, cuidar de la gente.

El examen. Ignacio pedía revisar cada día lo hecho, con honestidad, para corregir el rumbo. Los gobiernos necesitan su examen: ¿qué obras se deshicieron en un año, quién las hizo, cuánto costaron? Y atreverse a responder sin esconder nada.

Contemplación en la acción. Mirar la realidad como es, con sus carencias, y actuar en consecuencia. Quien contempla la calle destrozada y no actúa no discierne: se acomoda.

El examen que viene

Un bache es pequeño, pero revela algo grande: cómo entiende un gobierno su responsabilidad. Los seis meses que corren son una oportunidad de demostrar que se puede gobernar con técnica, honestidad y vocación de servicio. Quien la aproveche llegará a la temporada de lluvias con calles firmes y la frente en alto. Quien no, volverá a explicar por qué el pavimento se fue con el agua, y esta vez el ciudadano no va a escuchar la explicación.

Porque el ciudadano ya aprendió a contar los baches. Y también aprendió a contar a quienes prometieron resolverlos.

Isahaí Abraham Vázquez Molina

Comunicólogo especializado en comunicación social, política, riesgos y desastres

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