Hay películas que envejecen y otras que se quedan esperándonos. La Misión, de Roland Joffé, ganadora de la Palma de Oro en Cannes en 1986, pertenece a las segundas. A cuarenta años de su estreno, sus preguntas siguen sin respuesta.
La historia transcurre en el siglo XVIII, en las misiones jesuitas entre los guaraníes, en la selva que hoy comparten Paraguay, Argentina y Brasil. El Tratado de Madrid de 1750 redibujó fronteras entre dos coronas y condenó a pueblos enteros que nadie consultó. Ahí está el conflicto central: los intereses del poder contra la dignidad de quienes viven en el territorio.
La película nos ofrece dos caminos. El padre Gabriel, interpretado por Jeremy Irons, apuesta por la resistencia sin armas, con la música como lenguaje y la presencia como testimonio. Rodrigo Mendoza, el personaje de Robert De Niro, es un hombre que destruyó lo que más amaba y carga con ello como penitencia, hasta que decide reparar. Cuando llega la hora de defender la misión, cada uno elige un modo distinto de ser fiel. La cinta no dice cuál es el correcto, y creo que ahí está su honestidad.
Desde la mirada ignaciana, La Misión es un largo ejercicio de discernimiento. Mendoza vive su conversión como lo hace quien se deja mirar con misericordia y descubre que puede ser otro. Gabriel encarna el «en todo amar y servir», incluso cuando servir implica perderlo todo. Ninguno de los dos gana en términos de poder. Pero la memoria del pueblo que intentaron proteger sobrevive, y ahí está su verdadera victoria.
El oboe de Ennio Morricone es quizá la mejor síntesis. Una melodía sencilla cruza la selva y hace lo que los discursos no logran: acerca al otro. Volver a escucharla es recordar que la cultura también es una forma de resistencia.
Cuarenta años después, conviene preguntarnos quiénes son hoy los pueblos que otros deciden sin escuchar, qué tratados se firman lejos de los territorios y quién paga el costo. Nos sobran ejemplos en Michoacán y en México: comunidades desplazadas, víctimas sin nombre, decisiones tomadas desde el escritorio.
La Misión no nos ofrece consuelo. Nos deja una incomodidad que vale la pena conservar, y volver a verla es una buena manera de hacerlo.
Isahaí Abraham Vázquez Molina
Comunicólogo especializado en comunicación social, política, riesgos y desastres






