- Autor: @TonyMichoacán –
Pues ayer por fin terminé de ver la serie “PRI: Crónica del fin” en ViX y la sensación que me queda, no es nostalgia: es déjà vu.
La serie exhibe cómo el Partido Revolucionario Institucional (PRI) convirtió el poder en sistema… hasta que el propio sistema lo rebasó. Lo incómodo es reconocer cuántos de esos patrones hoy reaparecen —acelerados— bajo el logo del régimen del Movimiento de Regeneración Nacional (Morena).
El primer espejo es el control del partido desde la Presidencia. En el viejo PRI, la línea bajaba sin matices; la estructura obedecía. Hoy, con otro discurso, la lógica se repite (aunque sin disciplina ferrea): centralización de decisiones y candidaturas (a voluntad de AMLO), que responden más al centro que a la base. La historia ya probó que cuando el partido deja de procesar internamente sus tensiones, termina expulsándolas… y pagando el costo.
Ahí está uno de los errores fundacionales: el desprecio del expresidente de México, Miguel de la Madrid frente a la corriente crítica encabezada por Cuauhtémoc Cárdenas y Porfirio Muñoz Ledo. Los expulsaron del partido y terminaron fundando el Partido de la Revolución Democrática (PRD). Terrible Error de cálculo: sofocar la disidencia no la elimina, la reorganiza… Y la inconformidad de cara al 2027, parece que será muy seria.
Otro patrón: la imposición de candidaturas equivocadas. El caso paradigmático fue Carlos Salinas de Gortari cuando se decantó por Ernesto Zedillo, tras el asesinato de Luis Donaldo Colosio Murrieta; un tecnócrata que despreciaba al PRI y que ningún militante lo reconocía como suyo, que operó abiertamente para que perdiera Labastida. Pero más allá del desenlace, el mensaje fue claro: la militancia no decide. Ese divorcio entre base y cúpula erosiona legitimidad y factura a mediano plazo, como le pasó a José Antonio Meade y recientemente a Xóchitl Gálvez, personas que no representaban al PRI, ni a los priistas.
Pero hay un punto donde los regímenes se quiebran de verdad: el bolsillo. Las crisis económicas del PRI pulverizaron ahorros, empleo y confianza. Cuando el ciudadano pierde patrimonio, se rompe el encanto y el contrato político. Hoy, la discusión sobre deuda pública vuelve al centro, pues el ritmo de endeudamiento en pocos años es tan alto que lo han duplicado y, aunque los contextos macroeconómicos no son idénticos, el riesgo es el mismo de siempre: que el ajuste termine recayendo en los que menos tienen. La historia no perdona ese tipo de errores y el exceso de la deuda externa, inevitablemente tendrá consecuencias.
La otra constante es la corrupción de alto nivel. Del saqueo en la élite priista —con símbolos que marcaron época— como “La Casa Blanca”, los escándalos de las cuentas bancarias de los Salinas, Javier Duarte, César Duarte, Tomás Yarrintong, Borge y hasta el Fobaproa; a escándalos de saqueo y corrupción gigantescos como Segalmex y el llamado “huachicol fiscal” por parte de integrantes del actual régimen, el problema no es solo la existencia de casos, sino su magnitud y acumulación. Cuando los expedientes crecen y las sanciones no acompañan, la percepción de impunidad se vuelve estructural.
Y hay un factor que atraviesa ambas épocas: la violencia política. La serie recuerda el asesinato de Luis Donaldo Colosio Murrieta y José Francisco Ruíz Massieu como herida abierta del sistema. Hoy, sin un caso único que concentre la atención, el país registra una secuencia persistente de asesinatos de alcaldes, regidores, políticos y funcionarios. No es un episodio; es un entorno. Y eso también habla de Estado.
En ese contexto, la estocada final; la figura de Alejandro “Alito” Moreno, dirigente nacional del PRI, aparece en la serie como síntesis de la decadencia priista contemporánea, con calificativos deliberadamente duros: “el presidente más corrupto en la historia del PRI”, y aún más, “México raramente ha dado a un corrupto tan perfecto como Alito Moreno, se ve como corrupto, es corrupto todo, sin ambigüedades”. Más allá del personaje, lo relevante es el mensaje: cuando un partido normaliza prácticas que lo deslegitiman, termina perdiendo no solo elecciones, sino autoridad moral.
La lección de fondo es incómoda: los sistemas no caen por sorpresa, se desgastan por repetición de errores. Centralizar, imponer, endeudar sin narrativa creíble de retorno, tolerar corrupción de gran escala y subestimar la violencia política.
La pregunta ya no es si el PRI terminó su ciclo —eso es historia—, sino si estamos replicando con Morena, con mayor velocidad, la ruta que lo llevó a ese final. Porque si algo deja claro “PRI: Crónica del fin”, es que en México el problema no ha sido solo quién gobierna, sino cómo gobierna.
Y en ese “cómo”, las similitudes empiezan a ser demasiado evidentes como para ignorarlas.
Por cierto… el próximo domingo 3 de mayo, la presidenta Sheinbaum, tomará control de su partido, quitando a Luisa Alcalde y posiblemente llegará alguien de su circulo muy cercano.
- – Gracias por leerme –





