Entre casetes, radio y un concierto de Caifanes, la película de Toledano y Nakache en el 30 Tour de Cine Francés me llevó a hacer un examen de vida.
Por Isahaí Abraham Vázquez Molina
Hay películas que uno ve y otras que nos ven a nosotros. Sólo una ilusión (Juste une illusion), de Éric Toledano y Olivier Nakache, una de las siete cintas del 30 Tour de Cine Francés, me vio de frente. Bastaron unos minutos para que la pantalla dejara de mostrarme el París de 1985 y empezara a proyectar mi propia memoria.
Y un dato que vale la pena presumir. Sofía Llorente, vocera del Tour, explicó en entrevista para el podcast CineGarage, disponible en Spotify, que este año México es el mayor consumidor de cine francés del mundo y que el Tour de Cine Francés es la muestra con mayor audiencia a nivel internacional. El dato llega en un año doble: el Tour cumple tres décadas y se celebran 200 años de relaciones diplomáticas entre México y Francia. Que una historia de un suburbio parisino nos toque tan hondo aquí no es casualidad: México ha hecho suyo ese cine.
La historia sigue a Vincent, a punto de cumplir 13 años, que vive en un suburbio parisino entre un hermano mayor distante, unos padres en conflicto constante y las primeras señales del amor. Ya no es niño, pero tampoco adulto. Louis Garrel y Camille Cottin son unos padres que sostienen la casa como pueden mientras la crisis aprieta. Y de fondo suena Téléphone, el rock que en Francia le ponía banda sonora a esa edad.
Mi banda sonora tuvo otro nombre
Yo crecí en esa misma frontera entre los ochenta y los noventa, y mi banda sonora tuvo otro nombre: Caifanes. Mi primer concierto fue de ellos, al que fui por invitación de una gran amistad de Tacámbaro. La conocí gracias a Daniela Villalobos, su prima y una excelente amiga. Aquella noche descubrí que la música deja de ser un aparato cuando se vuelve multitud. Volví también a mi primer beso, torpe y luminoso, de los que no se saben contar pero no se olvidan, y a la radio, esa compañera de voz cálida que nos hacía sentir menos solos.
Y volví a los casetes. Esperar la canción con el dedo sobre el botón, grabarla, ordenarla y entregarla era una forma de compartir música con alguien especial. Cada recopilación decía, sin decirlo, “pensé en ti”.
Sentir y gustar de las cosas internamente
San Ignacio de Loyola escribió en los Ejercicios Espirituales que lo que sacia el alma no es el mucho saber, sino el sentir y gustar de las cosas internamente.
“No el mucho saber harta y satisface al ánima, mas el sentir y gustar de las cosas internamente.”
— San Ignacio de Loyola, Ejercicios Espirituales [2]
Eso hace el buen cine: nos hace gustar de nuevo lo vivido. La espiritualidad ignaciana empieza en la memoria agradecida. El Examen, la oración con la que los jesuitas repasan el día, no arranca con los errores, sino con la gratitud por lo recibido. Salí de la sala haciendo, sin proponérmelo, un examen de vida: dar gracias por quienes me invitaron, me enseñaron y me acompañaron.
Ignacio también nos da la clave del casete. En la Contemplación para alcanzar amor dice que el amor se pone más en las obras que en las palabras y que consiste en comunicación mutua, en dar el amante al amado lo que tiene. Regalar una recopilación era eso: una obra de amor pequeña y artesanal. Y las amistades que nos regalaron esos años, las que nos abren la puerta a un concierto o a un mundo, son lo que los primeros jesuitas llamaron “amigos en el Señor”.
Discernir dónde está la luz
La película, además, hace sin nombrarlo un discernimiento. Vincent vive entre la desolación de una casa donde los adultos parecen perdidos y la consolación de la amistad, la música y el primer amor. Ignacio enseñaba a distinguir qué voces nos acercan a la vida y cuáles nos alejan. Discernir no es huir del conflicto, sino aprender a ver dónde está la luz aun en medio de él. Y la mirada de los directores sobre cada integrante de la familia, con su fragilidad y su dignidad, sin caricaturas, es cura personalis, el cuidado de la persona entera.
Comentario jesuita: la ilusión como brújula
El título juega con una palabra de doble filo. Ilusión es engaño, pero también anhelo y esperanza. Para Ignacio los deseos hondos no son espejismo, son brújula: los Ejercicios piden “lo que quiero y deseo”. El padre Pedro Arrupe, superior general de la Compañía de Jesús, invitaba a enamorarse, porque aquello que nos enamora lo decide todo. Vincent, a su edad, cree que el mundo se puede cambiar. Esa creencia no es ingenuidad, es vocación.
Hoy un algoritmo arma listas de reproducción en segundos. Nosotros armábamos casetes con paciencia y cariño. Si tiene oportunidad, vaya al cine antes de que termine el Tour. Y al salir, hágase la pregunta ignaciana: ¿qué me consoló de lo que vi y qué me pide hoy esa memoria? A lo mejor la respuesta es llamar a aquella amistad que nos invitó al primer concierto y decirle, por fin, gracias.
Isahaí Abraham Vázquez Molina
Comunicólogo especializado en comunicación social, política, riesgos y desastres






