Por: Isahaí Abraham Vázquez Molina.
Hay películas que uno no ve solo, aunque la sala esté oscura y cada quien mire hacia el mismo punto de luz. Juntos, nada más la vi, como cada año que el Tour de Cine Francés llegó a nuestras carteleras, en compañía de mis amigos y compadres Francisco Martínez y Marlen Mojica. Nos sentábamos juntos —el título ya lo anunciaba— a compartir esa historia de Camille, Philibert, Franck y la abuela Paulette, personajes rotos que terminan sosteniéndose unos a otros bajo un mismo techo parisino. La cinta, dirigida por Claude Berri y protagonizada por Audrey Tautou, Guillaume Canet, Laurent Stocker y Françoise Bertin, era la adaptación de la novela de Anna Gavalda, Ensemble, c’est tout. Tiempo después, mi amiga Martha Montejano me regaló el libro, y aquella historia que había visto en pantalla se volvió también palabra impresa, otra manera de habitarla.
Lo traigo a colación porque el Tour de Cine Francés cumple este 2026 su edición número treinta, y con ella regresa esa costumbre entrañable de sentarnos a mirar realidades que, aunque distintas a la nuestra, laten con la misma humanidad. El festival llega a su edición número 30, consolidándose como la principal ventana del cine francés contemporáneo en nuestro país, un proyecto fundado en 1997 que ha convertido a México en el mercado con mayor exhibición de cine francés fuera de Francia. Del 10 de septiembre al 14 de octubre de 2026, la muestra recorrerá más de 76 ciudades y 200 salas de la República mexicana.
La selección de este año —siete películas inéditas— confirma esa vocación del Tour de ofrecernos otras narrativas, otras cotidianidades, realidades cercanas y a la vez separadas de la nuestra por la lente de una cinematografía que no deja de interrogarse a sí misma.
El desconocido del Gran Arco, de Stéphane Demoustier, recupera la historia del arquitecto danés Johan Otto von Spreckelsen, quien ganó el concurso convocado por François Mitterrand en 1983 para construir un nuevo monumento en París, y cuyo idealismo pronto enfrenta las estructuras del poder político, con Claes Bang al frente del reparto. La copia perfecta, de Jean-Paul Salomé, narra la doble vida de Jan Bojarski, un refugiado polaco conocido como “el Cézanne de la falsificación”, que durante quince años fabricó en un cobertizo billetes capaces de burlar al Banco de Francia, mientras un comisario convierte la persecución en algo personal.
Crimen en el 3er piso propone, en cambio, el humor: una profesora especializada en la obra de Alfred Hitchcock sospecha que su vecino cometió un asesinato e involucra a su esposo en una investigación cada vez más disparatada. Abandonado, de Vincent Garenq, mira hacia una herida real: reconstruye los últimos once días de Samuel Paty, el profesor asesinado en Francia en 2020, y observa cómo un rumor amplificado por las redes sociales, el extremismo y la inacción colectiva pueden desencadenar consecuencias irreparables. Compostelle, de Yann Samuell, cruza dos heridas distintas: un hombre de cuarenta años que busca reconciliarse con su pasado y un adolescente marcado por el abandono terminan recorriendo juntos el Camino de Santiago. La fantasía llega con El alma ideal, de Alice Vial, sobre una doctora capaz de ver y hablar con los muertos que ha perdido casi toda esperanza en el amor, hasta que la llegada de alguien modifica esa certeza. Y cierra Sólo una ilusión, de Éric Toledano y Olivier Nakache, que sigue a un niño en los suburbios de París durante los días previos a cumplir trece años, mientras su familia atraviesa conflictos y él comienza a formularse preguntas sobre amistad, religión, identidad y amor.
Arquitectura, falsificación, humor, memoria, camino, duelo, infancia: siete puertas distintas hacia una misma pregunta, la de quiénes somos cuando nadie más nos mira. Y ahí es donde, para mí, el cine se vuelve ejercicio espiritual, casi ignaciano. San Ignacio de Loyola enseñaba a discernir los movimientos del alma prestando atención a lo que nos mueve por dentro, a “hallar a Dios en todas las cosas”, incluso en una sala oscura donde por dos horas somos testigos de una vida que no es la nuestra. Cada película del Tour es, en ese sentido, un examen: nos obliga a salir de la propia cotidianidad para asomarnos, con humildad, a la de otro. Ver a Bojarski sostener una identidad construida sobre el secreto, o acompañar a Vincent en su tránsito hacia la adolescencia, es practicar esa cura personalis que tanto insistía Ignacio: el cuidado de la persona entera, propia y ajena, en su circunstancia concreta.
Por eso el cine francés que cada año nos visita no es solo entretenimiento ni una curiosidad cultural distante. Es, como aquellas tardes con Francisco y Marlen frente a Juntos, nada más; una invitación al magis: a buscar siempre un poco más allá de lo evidente, a dejarnos interpelar por narrativas que, aunque hablan de París o de Compostela, terminan hablando de nosotros. La distancia geográfica que separa a Francia de Michoacán se acorta cuando la pantalla nos recuerda que el desamparo, la búsqueda de sentido, la culpa y el amor no tienen pasaporte.
Treinta años después, el Tour de Cine Francés sigue cumpliendo esa función esencial: convertir la butaca en un lugar de encuentro. Que este año, como cada uno de los anteriores, encontremos con quién sentarnos.
Isahaí Abraham Vázquez Molina es Comunicólogo especializado en comunicación social, política, riesgos y desastres.





