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viernes, marzo 6, 2026

El PRI sin militancia… y la militancia sin dirigencia

Refrendo vehicular 2026

Autor: @TonyMichoacán / Columna Política

Noventa y siete años no se dicen fácil. Son casi un siglo de historia política en México, de momentos de poder absoluto, de construcción institucional, de reformas profundas y también de errores que marcaron el rumbo del país. Pero este aniversario del Partido Revolucionario Institucional llega lejos de los grandes festejos, lejos de los eventos multitudinarios, de los discursos encendidos y de aquellos liderazgos que alguna vez llenaron plazas y auditorios para celebrar al partido que durante décadas se asumió como el gran constructor del México moderno.

Hoy, a sus 97 años, el PRI parece vivir una de las etapas más complejas de su historia. Un partido que, lejos de abrirse nuevamente a la ciudadanía y a su propia militancia para reinventarse, parece haber sido secuestrado por una recua de políticos de la peor calaña, personajes a quienes ya no les interesa hacer política en el sentido más noble del término, sino exprimir hasta la última gota de lo que queda de una institución que alguna vez fue columna vertebral del sistema político mexicano.

El PRI de hoy está más lejos que nunca de aquel discurso emotivo de Colosio, aquel que hablaba de un México con hambre y sed de justicia. Está también lejos de las grandes mujeres líderes que marcaron época, de los cuadros formados en la disciplina política y de aquellos próceres que entendían la política como servicio público. Hoy el PRI está agonizando… pero aún respira.

Respira con oxígeno artificial, sostenido por un puñado de priistas que se niegan a rendirse y a ver morir al partido al que dedicaron buena parte de su vida política. Y un ejemplo claro de ello es Michoacán, una tierra que históricamente ha sido escenario de grandes luchas por la democracia, cuna de líderes que marcaron la historia nacional: desde José María Morelos y Pavón hasta el general Lázaro Cárdenas del Río, pasando por generaciones de políticos, líderes sociales y luchadores que influyeron en el rumbo del país.

Difícilmente esos personajes habrían imaginado ver al PRI en las condiciones en las que hoy se encuentra. Un partido debilitado, fracturado y, en muchos casos, apropiado por un pequeño grupo de advenedizos que se han asumido como dueños de la institución, desplazando a una militancia que todavía siente profundamente los colores verde, blanco y rojo.

Y el contraste se vuelve evidente en el propio aniversario del partido. Mientras en el edificio oficial del PRI en Michoacán difícilmente se logra llenar un pasillo, en otro punto de la ciudad de Morelia un grupo distinto de liderazgos priistas y dirigentes sociales se reúne para conmemorar lo que, para ellos, sigue siendo su partido.

De un lado, quienes se aferran a las migajas de las prerrogativas y a las posiciones formales. Del otro, quienes se reúnen por convicción, por orgullo y por entereza política. Son los llamados “Priistas de Michoacán”, un grupo que abiertamente ha fijado postura en contra de las actuales dirigencias nacionales y estatales, pero que —como buenos priistas— aún creen en la institución política, creen en su partido y, sobre todo, creen en la militancia.

La diferencia también se refleja en los rostros. Mientras en el edificio partidista aparecen caras desconocidas para la historia del priismo local, entre los llamados Priistas Michoacanos se observan perfiles con trayectoria: ex dirigentes de la CNC, ex dirigentes de federaciones sindicales, líderes actuales del comercio organizado, dirigentes de sindicatos del sector salud, del IMSS y de otras organizaciones que durante décadas formaron parte de la estructura social del partido.

Entre ellos destaca también Zoilo, conocido en Morelia por encabezar la organización de comerciantes de juegos mecánicos, además de otros liderazgos que, aunque hoy no ocupen cargos públicos, siguen representando una base social que durante muchos años fue pilar del priismo.

Mientras tanto, enfrente están quienes han decidido traicionar no sólo a su militancia, sino incluso a los principios que dieron origen a la vida democrática del país. Aquella frase histórica que marcó el rumbo de México —“Sufragio efectivo, no reelección”— hoy parece quedar en el olvido para algunos dirigentes que, con tal de mantenerse en el poder, han terminado por traicionar estatutos, convicciones y principios.

Podrán tener un edificio, unas cuantas sillas y un escritorio. Incluso podrán tener una cámara enfrente para hacer de todo… menos política. Podrán administrar las prerrogativas de un partido que aún existe legalmente. Pero lo que no tienen —ni podrán comprar— es el orgullo, la formación política, la entereza y el liderazgo que durante décadas distinguieron al priismo.

Porque de lo que definitivamente no son dueños es del escudo del partido, ni de sus colores. El verde, blanco y rojo no pertenece a un grupo ni a una dirigencia. Esos colores pertenecen a la militancia, a quienes construyeron al partido desde abajo, y en buena medida también a una parte importante de la historia política de México.

Por eso, aunque hoy el PRI atraviese uno de sus momentos más oscuros, siempre habrá alguien que, desde donde esté, levante la voz con convicción y orgullo para decir:

¡Viva el PRI!

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