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viernes, marzo 6, 2026

La reelección como traición a su propia historia

Refrendo vehicular 2026

Autor: Tony Michoacán

Luis Donaldo Colosio Murrieta lo advirtió con claridad: la continuidad puede convertirse en impunidad, en inseguridad, en mediocridad. También sostuvo que el PRI debía reconocer sus insuficiencias y acercarse a las demandas ciudadanas.

Ese era el espíritu reformador que intentó rescatar a un partido consciente de su origen: una Revolución que estableció límites al poder y consagró la no reelección como antídoto frente a su concentración. De ese proceso surgió el régimen que en 1929 dio vida al Partido Nacional Revolucionario, más tarde convertido en el Partido Revolucionario Institucional.

La NO REELECCIÓN no era una consigna decorativa. Era un límite moral y político.

Hoy, en contraste, el PRI enfrenta algo más profundo que una competencia interna. Enfrenta la negación de uno de sus propios fundamentos.

La reelección del dirigente estatal no es un simple trámite partidista. Es un mensaje. Significa que el principio histórico de limitar el poder resulta incómodo cuando está en juego el control interno y las prerrogativas. Significa que la narrativa revolucionaria quedó en el discurso, mientras en la práctica se normaliza la permanencia.

Bajo el simplismo de “ellos son los malos y nosotros somos los buenos”, se reformaron estatutos no para ampliar la participación, sino para asegurar continuidad. No para abrir competencia, sino para blindarla.

¿Con qué autoridad moral se solicita respaldo cuando el mensaje es: “Yo voy de nuevo”?
¿Con qué legitimidad se invoca la historia mientras se desmantelan sus límites?

Porque cuando se menciona al dirigente nacional, Alejandro Moreno, el debate público ya no gira en torno a un proyecto, sino a señalamientos de corrupción y desgaste acumulado. Y si a eso se suma la declaración del dirigente de Morena en Michoacán, Jesús Mora González —“Yo voto porque se quede (el actual dirigente estatal), a todos nos conviene por los números que tiene”—, la conclusión es devastadora: a los adversarios les resulta útil que nada cambie.

La anunciada “renovación” estatal derivó en una contienda desigual. El dirigente en funciones utilizó espacios institucionales para fijar narrativa, descalificar aspirantes y confirmar su aspiración a reelegirse. Controla recursos, estructura y aparato. Los demás compiten apelando directamente a una militancia cada vez más reducida.

El problema no es solo político. Es normativo.

Como señaló el analista Armando Saavedra en su columna “Bajo La Lupa”, la convocatoria exige acreditar al menos siete años de militancia fehaciente. Si la reincorporación formal al padrón ocurrió el 11 de febrero de 2021, después de haber sido candidato por otra fuerza política (Partido Verde) y competir contra el PRI en 2018 , el requisito simplemente no se cumple. Y si ese requisito se ignora, no estamos ante una interpretación flexible: estamos ante una vulneración directa de la propia convocatoria.

Más delicado aún es el aval de actores políticos que conocen el contenido de ese documento y, pese a ello, respaldan la candidatura. Víctor Manuel Tinoco, Adriana Hernández Iñiguez y Rocío Luquín Valdez no pueden alegar desconocimiento. Su respaldo no es accidental; es una toma de posición. Y toda toma de posición tiene responsabilidad histórica.

Cuando quienes deberían custodiar la legalidad interna optan por validar la permanencia, el mensaje hacia la militancia es inequívoco: los principios son negociables si el poder está en juego.

Adaptando el espíritu de Colosio, podría resumirse así:

La reelección no fortalece al PRI en Michoacán. Lo reduce.
No lo moderniza. Lo encapsula.
No lo proyecta hacia el futuro. Lo administra hacia la irrelevancia.

Colosio hablaba de reformas, de autocrítica, de cerrar el paso al influyentismo y a la concentración. Hoy ocurre lo contrario: se blinda la permanencia y se sacrifica el límite histórico de la no reelección en nombre de la conveniencia.

Si esta reelección se consuma, no será simplemente la continuidad de un dirigente.
Será la confirmación de que el PRI en Michoacán dejó de creer en sus propios límites.

Y cuando un partido renuncia a sus límites, pierde su identidad.
No muere por derrota electoral.
Muere por incoherencia.
No por falta de votos, sino por abandono de los principios que lo fundaron.

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