Autor: #CirculoRojo: TonyMichoacán
Hace algunos años platiqué con el estratega político que llevó la campaña del entonces candidato independiente a la gubernatura de Nuevo León, Jaime Rodríguez Calderón “El Bronco”, en 2015. Un fenómeno disruptivo que cimbró al sistema de partidos y rompió pronósticos. Sin embargo, detrás de ese triunfo no hubo magia, ni solo un discurso frontal, ni únicamente un candidato “auténtico”.
Recuerdo esa conversación —que hoy cobra total vigencia— el factor decisivo fue otro: organización, estructura y recursos económicos. Sin esos tres elementos, el triunfo de El Bronco simplemente no habría existido. La campaña no se concentró únicamente en crecer en redes, ni en viralizar frases provocadoras, ni en ganar simpatías etéreas. El verdadero objetivo fue mucho más básico y brutalmente realista: tener estructura suficiente para, el día de la elección, sacar a la gente de sus casas, llevarla a votar y cuidar cada uno de los votos en las casillas.
Y sí, todo eso cuesta mucho dinero.
¿Y por qué traigo esto a colación?
Porque en Michoacán persiste la idea —romántica pero profundamente equivocada— de que se puede ganar una elección desde la independencia únicamente con una buena campaña, un buen mensaje y una causa que conecte con la ciudadanía, prescindiendo de estructura… y tal vez se pueda en un municipio, pero no en un estado.
Vamos por partes.
Hay que decirlo con todas sus letras: el vehículo diseñado exclusivamente para ganar elecciones son los partidos políticos.
Los partidos políticos no existen para hacer beneficencia pública, no están pensados para combatir al crimen organizado, ni para sustituir a las fuerzas armadas o a las fiscalías persiguiendo criminales. Su razón de ser es una sola: ganar la siguiente elecciones y ganar o conservar el poder.
Quien no entienda eso, está jugando otro juego… y debería de dedicarse a otra cosa.
Incluso contando con ese vehículo —el partido— nada garantiza el triunfo. Ahí está el ejemplo más ilustrativo de nuestra historia reciente: Andrés Manuel López Obrador. Un candidato con discurso, dinero, base social, reconocimiento nacional y una narrativa poderosa. Y aun así, perdió dos veces.
¿Por qué?
Porque el PRI y el PAN de esos años, además de todo eso, tenían mayor estructura territorial, operadores curtidos y experiencia electoral. Ese “plus” hizo la diferencia en 2006 y 2012.
Aterrizando el análisis en Michoacán, es inevitable hablar del fenómeno que representó Carlos Manzo. No fue menor. Su discurso, duro y sin filtros, me recordaba inevitablemente al de El Bronco, aquella frase de: “a los funcionarios rateros hay que cortarles la mano”. En Uruapan, Manzo llevó esa narrativa al límite. Gobernó con confrontación abierta, comunicó de forma agresiva y convirtió sus conferencias nocturnas en espectáculos políticos cargados de señalamientos, acusaciones y provocación constante.
No tengo duda: de haber llegado a la contienda por la gubernatura, habría sido un contrincante excepcional. Incómodo. Mediático. Difícil de encasillar.
Hoy, tras los acontecimientos que todos conocemos, existe un grupo que se denomina “Movimiento del Sombrero”, la herencia política directa del exalcalde Manzo. Y hay quienes creen que puede convertirse en una opción real rumbo a 2027, ahora bajo la figura de Grecia Quiroz.
Pero el escenario es radicalmente distinto.
Y aquí hago un esfuerzo deliberado por ser respetuoso. La comunicación cambió —por razones evidentes— de manera diametral. A poco más de nueve meses del arranque formal del proceso electoral, no se observa un despliegue estatal, no hay asambleas, no hay mítines, no hay una narrativa propia que motive, que incomode o que provoque conversación más allá de lo local.
Entiendo perfectamente que no se puede —ni se debe— replicar el discurso incendiario de Carlos Manzo o de El Bronco. Pero justo ahí radica el dilema de la independencia: sin comunicación frontal, estridente, emocional y movilizadora, simplemente no hay motor ciudadano. Ese tipo de mensaje no gana la elección, pero sí genera la energía necesaria para intentarlo.
Y para cerrar el círculo, ayer cuestioné directamente al dirigente estatal de Morena. Su respuesta fue tan sencilla como brutal:
“Las elecciones intermedias, donde no hay un candidato presidencial que arrastre votos, se ganan con estructura”.
Quien tenga la capacidad de levantar a su gente del sillón, llevarla a la casilla y cuidar el voto, se quedará con la mayoría de los triunfos.
En ese sentido, Morena —me dijo— va varios cuerpos adelante. Han desplegado miles de Comités Seccionales en Defensa de la Transformación, personas organizadas en cada rincón del estado. A ello se suma la afiliación masiva de militantes, con nombre, fotografía y ubicación precisa, lo que les permite saber exactamente quiénes son y dónde están sus votantes.
Su frase final fue lapidaria:
“No importa quién sea el candidato o la candidata, el partido ya está listo”.
Y, aunque no le guste a muchos, tiene razón.
Morena le lleva hoy, sin exagerar, al menos veinte pasos de ventaja a la oposición. Mientras tanto el PAN anuncian para este domingo, una reunión o mitin llamado “AMA Michoacán”, plataforma que parece apuntalar las aspiraciones del alcalde de Morelia, Alfonso Martínez Alcázar al gobierno del estado en 2027.
La pregunta es inevitable:
¿Les alcanzará el tiempo para construir estructura real o se lanzarán con la que ya tienen?
Porque aparte…. en Movimiento Ciudadano siguen “nadando de muertito” a ver que les cae; y en el PRI… bueno, en el PRI tienen otro propósito evidente.
Cierro con la frase que aquel estratega de El Bronco me dijo hace años y que sigue siendo una verdad incómoda en la política mexicana:
“Sabíamos que la elección se ganaba con 900 mil votos. Nuestra estrategia fue llevar esas 900 mil personas a votar y cubrir el 100% de las casillas. Cuando estuvimos seguros de eso, una semana antes de la votación, ni siquiera nos interesaba ver el resultado. ¡Sabíamos que ya habíamos ganado!”.
Así de simple. Así de crudo. Así se ganan las elecciones.






